lunes, 13 de agosto de 2012

Acción Directa contra lucha institucional. La contradicción de la izquierda española



En mi primer post voy a proponer un pequeño viaje en el tiempo. Un ejercicio de memoria. El tipo de ejercicios que deberían cobrar más importancia en la medida en que nuestra sociedad y, por lo tanto, nuestras luchas, se van haciendo más efímeras. Vayamos, como digo, un poco hacia atrás; no mucho, un año hasta 2011; junio para ser exactos; el día 15, si ya queremos ponernos meticulosos. Ese es el día en que a Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Unida, se le ocurrió hacer acto de presencia en una convocatoria de Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) para frenar un desahucio. En principio no hubo ningún problema, parece ser que incluso mucha gente ni le reconoció. Pararon el desahucio, un triunfo. Entonces fue cuando al dirigente de la mayor coalición de izquierda española se le ocurrió acercarse a las cámaras de televisión que allí estaban congregadas y empezó el espectáculo: provocó la ira de mucha de la gente que allí se encontraba, los cuales no sin razón tienen a los políticos en el punto de mira. Le llamaron "oportunista", le zarandearon y hasta le echaron encima una garrafa de agua. A él y a la veintena de periodistas que intentaban grabar o tomar nota de su declaración.

Podríamos haber ido un poco más atrás, tan sólo un mes, hasta mayo de 2011, para hablar de la buena costumbre que tenía el recientemente bautizado movimiento 15M de promover la no utilización de banderas ni distintivos políticos o localistas de ningún tipo entre los manifestantes; cosa que en general fue muy bien acogida, aunque a veces llevara a engaños tan insensatos como el “el 15M es apolítico” o “el 15M no es de derechas ni de izquierdas”. Tú me dirás qué éramos, tú me dirás entonces qué somos.

Lo interesante de estas dos cuestiones es la separación de los dos poderes populares: los partidos y las instituciones que nos deberían pertenecer, por un lado; y por otro, la acción social. Separación que creo importante. Separación que adquiere más importancia cuanto más incapaces han demostrado ser los partidos políticos en tomar las riendas de la sociedad. Incapaces sí, de poner freno a los anhelos de poder de la minoría. No es mi intención aquí la de desgranar un discurso del corte de “todos los políticos son iguales”, porque esto no es verdad y no hace falta más que ser mínimamente observador para darse cuenta.

Pero volvamos al primer ejemplo, nuestro primer viaje en el tiempo. El hecho en sí de que Cayo Lara se presentara en el desahucio a título personal, como un ciudadano más, ejerciendo su derecho a la protesta y a la acción política más allá de la institucional, es encomiable. Ojalá viéramos a más políticos en actos así, ejerciendo ciudadanía, empapándose de calle. El problema aparece cuando se aparta de su papel de ciudadano y aparece el político dando una rueda de prensa. Porque sí, es un problema cuando un político pretende acaparar la atención de los medios en detrimento de los ciudadanos, que son los dueños de la voz popular. Un político, en el momento en que aparece una cámara, ya no es un nunca más un ciudadano cualquiera (quiera este o no quiera), porque la cámara y la intencionalidad de los medios harán siempre de este ciudadano un personaje público. Y es que los políticos, en tanto a tales, deberían limitar su radio de acción a las instituciones. Es una afirmación muy rápida, lo sé; y muy arriesgada, lo sé también. Pero me voy a explicar: La ciudadanía y el poder popular NO necesitan líderes. Necesitamos representación, pero el poder representativo ante las instituciones no te hace, o no debería convertirte, en líder. Cuando un personaje público aparece ante las cámaras, la atención será siempre desviada hacia su persona, dejando de lado el verdadero trasfondo de la convocatoria. La noticia ya no es por tanto el desahucio en sí, sino que ésta pasa a ser que un líder político ha acudido a un desahucio.

Hace un año, la ciudadanía movilizada, así como buena parte de la opinión afín al movimiento (disculpad la expresión), supo reconocer este hecho, por lo que me pregunto el porqué del apoyo incondicional a Sánchez Gordillo en su incursión en el supermercado este año ¿No se trata de una torpeza de similar calado a la de Cayo Lara el año pasado?

Conste aquí mi apoyo incondicional a cualquier tipo de acción directa, en este caso el asalto a un supermercado, no sólo en base a la necesidad, sino también en base a la reivindicación política. Pero no es lo mismo que la acción directa la lleven a cabo ciudadanos anónimos, los cuales actúan por sí mismos demostrando que el poder es suyo y que lo reclaman, a que lo haga un líder, a que lo haga alguien en representación de la ciudadanía. La comida la toma quien la necesita, la tierra la expropia quien la labra y un político que quiera formar parte de esto, lo deberá hacer desde las instituciones. Un político debe luchar en la arena en que ha escogido actuar, el puesto en donde es imprescindible para todos. No saber diferenciar esto está haciendo mucho daño a la izquierda en España.

La ciudadanía española está demostrando ser más valiente de lo que los políticos de los dos grandes partidos y los medios de comunicación nos quieren hacer creer; está demostrando asimismo una capacidad arrolladora para reinventarse y una imaginación fascinante a la hora de llevar acciones a cabo. Sinceramente, me parece una lástima que el partido que podría y debería transformar todas estas demandas ciudadanas en una propuesta institucional, el partido que debería ser una propuesta para el cambio, el partido que tiene la llave para salir de esta encerrona, se esté perdiendo en luchas internas y no tenga claro hacia dónde dirigir su actuación. Un partido que cuando se dirige al pueblo, lo hace de forma en que pareciera que se quiere apropiar de las iniciativas (valga como ejemplo su oportunista eslogan para la campaña electoral del año pasado), mientras sigue sin quedar clara cuál es su estrategia de cara a lo institucional. Hay formas de hacer lo correcto y Marinaleda es un buen ejemplo, como lo ha sido la representación de Llamazares en el Congreso durante estos años pasados, pero los gestos apresurados no van a ayudar.

Es comprensible, por tanto, el complejo de culpa de políticos comprometidos por formar parte de unas instituciones tan viciadas, corruptas y poco representativas como las nuestras. Pero yo quiero pensar que optaron en su día por entrar en la vida política para cambiarla. Si estoy en lo cierto con esta afirmación, entonces, Izquierda Unida y sus representantes deberían dejar de jugar al ciudadano comprometido para ser la cara visible del pueblo ante el aparato institucional. Si hacen las cosas bien, el pueblo sabrá reconocerlo, sin grandes gestos, a través del voto. Cualquier artificio aparte de esto, no dejará de suponer carnaza para los medios y desconfianza entre amplios sectores indecisos de la población.