En
mi primer post voy a proponer un pequeño viaje en el tiempo. Un ejercicio de
memoria. El tipo de ejercicios que deberían cobrar más importancia en la medida
en que nuestra sociedad y, por lo tanto, nuestras luchas, se van haciendo más
efímeras. Vayamos, como digo, un poco hacia atrás; no mucho, un año hasta 2011;
junio para ser exactos; el día 15, si ya queremos ponernos meticulosos. Ese es
el día en que a Cayo Lara, coordinador general de Izquierda Unida, se le
ocurrió hacer acto de presencia en una convocatoria de Plataforma de Afectados
por la Hipoteca (PAH) para frenar un desahucio. En principio no hubo ningún
problema, parece ser que incluso mucha gente ni le reconoció. Pararon el
desahucio, un triunfo. Entonces fue cuando al dirigente de la mayor coalición
de izquierda española se le ocurrió acercarse a las cámaras de televisión que
allí estaban congregadas y empezó el espectáculo: provocó la ira de mucha de la
gente que allí se encontraba, los cuales no sin razón tienen a los políticos en
el punto de mira. Le llamaron "oportunista", le zarandearon y hasta le
echaron encima una garrafa de agua. A él y a la veintena de periodistas que
intentaban grabar o tomar nota de su declaración.
Podríamos
haber ido un poco más atrás, tan sólo un mes, hasta mayo de 2011, para hablar
de la buena costumbre que tenía el recientemente bautizado movimiento 15M de
promover la no utilización de banderas ni distintivos políticos o localistas de
ningún tipo entre los manifestantes; cosa que en general fue muy bien acogida,
aunque a veces llevara a engaños tan insensatos como el “el 15M es apolítico” o
“el 15M no es de derechas ni de izquierdas”. Tú me dirás qué éramos, tú me
dirás entonces qué somos.
Lo
interesante de estas dos cuestiones es la separación de los dos poderes
populares: los partidos y las instituciones que nos deberían pertenecer, por un
lado; y por otro, la acción social. Separación que creo importante. Separación
que adquiere más importancia cuanto más incapaces han demostrado ser los
partidos políticos en tomar las riendas de la sociedad. Incapaces sí, de poner
freno a los anhelos de poder de la minoría. No es mi intención aquí la de
desgranar un discurso del corte de “todos los políticos son iguales”, porque esto
no es verdad y no hace falta más que ser mínimamente observador para darse
cuenta.
Pero
volvamos al primer ejemplo, nuestro primer viaje en el tiempo. El hecho en sí
de que Cayo Lara se presentara en el desahucio a título personal, como un
ciudadano más, ejerciendo su derecho a la protesta y a la acción política más
allá de la institucional, es encomiable. Ojalá viéramos a más políticos en
actos así, ejerciendo ciudadanía, empapándose de calle. El problema aparece
cuando se aparta de su papel de ciudadano y aparece el político dando una rueda
de prensa. Porque sí, es un problema cuando un político pretende acaparar la
atención de los medios en detrimento de los ciudadanos, que son los dueños de
la voz popular. Un político, en el momento en que aparece una cámara, ya no es
un nunca más un ciudadano cualquiera (quiera este o no quiera), porque la
cámara y la intencionalidad de los medios harán siempre de este ciudadano un
personaje público. Y es que los políticos, en tanto a tales, deberían limitar
su radio de acción a las instituciones. Es una afirmación muy rápida, lo sé; y
muy arriesgada, lo sé también. Pero me voy a explicar: La ciudadanía y el poder
popular NO necesitan líderes. Necesitamos representación, pero el poder
representativo ante las instituciones no te hace, o no debería convertirte, en
líder. Cuando un personaje público aparece ante las cámaras, la atención será
siempre desviada hacia su persona, dejando de lado el verdadero trasfondo de la
convocatoria. La noticia ya no es por tanto el desahucio en sí, sino que ésta
pasa a ser que un líder político ha
acudido a un desahucio.
Hace
un año, la ciudadanía movilizada, así como buena parte de la opinión afín al movimiento (disculpad la expresión), supo
reconocer este hecho, por lo que me pregunto el porqué del apoyo incondicional
a Sánchez Gordillo en su incursión en el supermercado este año ¿No se trata de
una torpeza de similar calado a la de Cayo Lara el año pasado?
Conste
aquí mi apoyo incondicional a cualquier tipo de acción directa, en este caso el
asalto a un supermercado, no sólo en base a la necesidad, sino también en base
a la reivindicación política. Pero no es lo mismo que la acción directa la
lleven a cabo ciudadanos anónimos, los cuales actúan por sí mismos demostrando
que el poder es suyo y que lo reclaman, a que lo haga un líder, a que lo haga alguien en representación de la ciudadanía. La
comida la toma quien la necesita, la tierra la expropia quien la labra y un
político que quiera formar parte de esto, lo deberá hacer desde las
instituciones. Un político debe luchar en la arena en que ha escogido actuar,
el puesto en donde es imprescindible para todos. No saber diferenciar esto está
haciendo mucho daño a la izquierda en España.
La
ciudadanía española está demostrando ser más valiente de lo que los políticos
de los dos grandes partidos y los medios de comunicación nos quieren hacer
creer; está demostrando asimismo una capacidad arrolladora para reinventarse y
una imaginación fascinante a la hora de llevar acciones a cabo. Sinceramente,
me parece una lástima que el partido que podría y debería transformar todas
estas demandas ciudadanas en una propuesta institucional, el partido que
debería ser una propuesta para el cambio, el partido que tiene la llave para
salir de esta encerrona, se esté perdiendo en luchas internas y no tenga claro
hacia dónde dirigir su actuación. Un partido que cuando se dirige al pueblo, lo
hace de forma en que pareciera que se quiere apropiar de las iniciativas (valga
como ejemplo su oportunista eslogan para la campaña electoral del año pasado),
mientras sigue sin quedar clara cuál es su estrategia de cara a lo
institucional. Hay formas de hacer lo correcto y Marinaleda es un buen ejemplo,
como lo ha sido la representación de Llamazares en el Congreso durante estos
años pasados, pero los gestos apresurados no van a ayudar.
Es
comprensible, por tanto, el complejo de culpa de políticos comprometidos por
formar parte de unas instituciones tan viciadas, corruptas y poco
representativas como las nuestras. Pero yo quiero pensar que optaron en su día
por entrar en la vida política para cambiarla. Si estoy en lo cierto con esta
afirmación, entonces, Izquierda Unida y sus representantes deberían dejar de
jugar al ciudadano comprometido para ser la cara visible del pueblo ante el
aparato institucional. Si hacen las cosas bien, el pueblo sabrá reconocerlo,
sin grandes gestos, a través del voto. Cualquier artificio aparte de esto, no
dejará de suponer carnaza para los medios y desconfianza entre amplios sectores
indecisos de la población.